“¡Se mandó el paquete de chubis entero! ¡No de esos chiquitos, sino de esos grandes que te ocupan todo el bolsillo! Ajajajja es un ridículo” contaba Magdalena en el asiento de copiloto mientras miraba a Pedro al volante que se ponía rojo y soltaba un: “Siempre le cuentas a cualquiera” para luego simplemente admitir “Era para impresionarte”.
Habían encontrado al joven Lorenzo sentado en un paradero haciendo
dedo con un acordeón al pecho y un eterno pucho colgando del labio “¡Allí
tenemos música, llevémoslo!” exclamo Magdalena con su entusiasmo coqueto que
ella siempre demostraba.
Sentado en el asiento trasero junto a una caja de cartón,
Lorenzo se sentía como un niño hacia el frente mientras tocaba suavemente el acordeón
como intentando dar un toque de cabaret al vehículo. Esa mañana él había decidido
ir al mar para dejar de lado sus preocupaciones y ver si lograba sacar unas
monedas en los locales junto al mar, incluso soñaba con unas empanadas de mariscos
compartidas con una mujer que aún no conocía.
“¡Mas fuerte! ¡Así de alegre Lorenzo!” decía emocionada Magdalena
mirando hacia atrás haciendo como que ella tocaba la guitarra con cuerdas
curvas y alegría infinita.
Si tuviésemos otro espectador volando junto al vehículo este diría que la música de Lorenzo son telas brillantes y delicadas que cobijan los sentimientos de quienes lo escuchan, moviéndose con los músculos vibrantes de cada persona al interior de un vehículo a 100km/h girando en el aire.
Ninguno sabe cómo, ni siquiera nuestro espectador hipotético como el vehículo se
encontró evitando alguien cruzando la carretera a mitad de la nada; ninguno de
quienes observan saben cómo el auto seguía con música mientras giraba desde la
carretera hasta el exterior de la contención.
Allí fue cuando un segundo se hizo eterno, Magdalena aun
tenia la sonrisa mientras que Pedro estiraba sus brazos para protegerla; y Lorenzo
con su pulgar presionado entre el acordeón y el asiento delantero pensó, sin
saber siquiera porqué o en que momento del vuelo: “oh no, de nuevo no”.

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